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domingo, septiembre 25, 2011

Yo, así, no podría esperar al Juicio Final. Antes me levanto y me voy...



Avancé por la avenida hasta llegar al semáforo. Aproveché que estaba en rojo para mirar por la ventanilla derecha del coche, según me indicaba el Señor Mortimer. Ví como desde la acera una calle de albero se formaba entre la calle por donde circulábamos con el coche y la paralela. A la derecha casas a medio contruir. A la izquierda el muro que cerraba el monasterio. Y al abrigo del muro un asentamiento de gitanos rumanos que habían levantado chabolas y tiendas
de campaña.
Ante la visión del asentamiento de los nómadas, decidimos iniciar la búsqueda desde el otro lado de la manzana. Inicié la marcha del coche y giré la primera calle que pude hacia la derecha hasta encontrar la paralela a la avenida anterior. Aparqué el auto y salimos de él en busca de una entrada al peculiar camposanto. Esta vez nos adentramos por la calle de albero desde la entrada contraria al asentamiento. Fuimos dejando casas y antiguas bodegas venidas a menos a la derecha y el muro del monasterio a la izquierda.
La desolación y el temor fueron incrementándose cuando vimos que a medida que avanzábamos por la calle de albero, más nos acercábamos al asentamiento. Y por más que mirábamos y buscábamos una entrada factible, ésta no aparecía. Por fin llegamos al asentamiento. Estaba tranquilo porque era la hora de la siesta. Los moradores de las chabolas estaban
tranquilos y silenciosos. Por fin, al final de la calle, a la derecha, donde había unas casas a medio construir encontamos en uno de los muros una entrada. Entramos por ella y nos topamos con la zona que usaban los chabolistas para hacer sus aguas mayores. El lugar apestaba a inmundicia y humanidad a pesar de ser un solar de más de cien metros cuadrados. Al fondo vimos el muro que lindaba con el solar cerrado. Un muro blanco encalado. De media altura, al intentar sortearlo puso al descubiero años y años de sedentarismo y pérdida de habilidad.
Yo, prácticamente recte por el muro, pasándo al otro lado descamisado y casi sin resuello. El Señor Mortimer mostró más actitudes gimnásticas y pasó sin mayor problema.

Una vez dentro del recinto de tierra santa anglosajona la atmósfera cambió. A pesar de ser las cuatro y media de la tarde y con el Sol dorando nuestras coronillas, la luz disminuyó y el lugar me habló de muchos años de soledad, abandono y profanaciones sin un castigo satisfactorio.
A medida que avanzábamos entre los pastos resecos, el lugar agradecía que la vida se paseara por él, hasta tal punto que sentía como poco a poco me absorbía levemente la vitalidad. Mientras andaba, levantando las rodillas para sortear la maleza y los pastos resecos, podía percibir que aquél lugar no había sido visitado por familiares de los residentes por lustros. Los pastos crujían, quejándose mientras se partía a medida que me abría paso.

El lugar era rectangular, con una disposición este-oeste. Una cancela negra de hierro fundido al este nos daba a conocer que hacía años que sus chirridos al abrirse no se escuchaban por décadas. El oeste era la entrada de los visitantes que se colaban, unos con afán de profanar, otros por curiosidad, otros por la necesidad de conocer y hacer saber el lastimoso estado del camposanto.

El lugar, territorio inglés, había sido cedido por la ciudad de Sevilla para dar sagrada sepultura a anglicanos y protestantes que habían tenido a Sevilla como ciudad que los había adoptado. El cementerio de San Fernando, católico, no podía acogerlos por su confesión contraria a la Santa Iglesia Apostólica y Romana. Por eso estaba encondido y arinconado contra el guadalquivir, al lado del monasterio de San Jerónimo de Buenavista. Lo que en un momento remoto de la

historia del monasterio fueran sus huertas.

Este camposanto, aunque olvidado, guarda los cuerpos de ilustres señores y vidas que enriquecieron la historia de Sevilla y del club de fútbol sevillista.

Mientras recorría el lugar y miraba la lápidas y monumentos mortuorios, algunos más ajados que otros por el vandalismo, la desidia y la indecencia; cada uno me hablaba de la persona que yacía en ellos. Pero también escuchaba una voz al unísono que decía: "¡Rescátenos de la ignonimia y la profanación". Pero la visión más desoladora fue contemplar la visión de la tumba de un niño enterrado con 3 o 4 años de edad, llamado James y con la inscripción en letras mayúsculas y grandes del nombre "JAIME" en la base de lo que en otro momento tenía una cruz, y la lápida totalmente hecha añicos esparcidos alrededor. ¡Gracias Jaime!



3 comentarios:

Anónimo dijo...

hola litoo!

Anónimo dijo...

Soy sincus, ya mucho no entiendo el formato de tu blog, je. Bsss

lito dijo...

Hola Sincus y bienvenido a mi humilde blog. No te preocupes si no entiendes el formato de mi blog. Tan sólo es una forma de enseñar cómo es mi cerebro al mundo. Es lógico que no lo entiendas pues ni yo mismo siquiera lo entiendo. Tan sólo espero que lo disfrutes y pases un buen rato en él.
Gracias por la visita.

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